Vimeo puede ser una experiencia frustrante para quien anda en busca de cine experimental. Es la forma más dura de constatar que los nuevos cinexperimentalistas han sido educados a base de videoclips, y que nadie tiene ya idea de la producción de cine experimental que hubo antes de la década de los 80s.
El sitio tiene entre diversas categorías la de ‘Experimental’, y ya ahí dentro, existe la subcategoría ‘avant-garde’ y el grupo ‘experimental’. Le doy clic tras clic y todos son imágenes con música. Hay incluso una categoría ‘Film’, para marcar una diferencia con los trabajos realizados con respaldo de video, y ahí hay el tag ‘experimental’. Más de los mismo, imágenes con música.
Parece que nadie conoce a Rimmer ni a Brakhage, a Maya Deren ni a Michael Snow ni a nadie de los experimentalistas más destacados de la era Moderna.
El que quiera admirar la composición del encuadre, que vaya a una galería. El que quiera escuchar buena música, que vaya a una sala de conciertos. El que quiera ver buena actuación, que vaya al teatro. Hay que explorar lo que solo el cine puede dar. Algo más o menos así decía Robert Bresson, cineasta narrativo. En cine experimental debería ser mayor la búsqueda en ese sentido.
El problema de la música es que marca un ritmo. Y crea una atmósfera. Y eso conlleva que se deje de experimentar en la atmósfera que las imágenes podrían crear por sí solas, y en el ritmo que podría encontrarse entre los cortes, colores y movimientos de cámara y textura y, quizás, el sonido directo de las tomas o una pieza de audio que vaya paralela a las imágenes o el silencio. El ritmo creado entre los distintos elementos existentes cuando no hay música.
Robert Bresson nunca hizo cine no-narrativo, pero su libro de aforismos sobre cine me hizo querer llegar a lo más básico del cine. Si lo que quieres decir no necesita colores, quítalos; actores?, quítalos; narración?, fuera; música?, no; sonido?… tiene que ser directo? no?…
Parece que el mundo ha sido conquistado por los DJs. Los cineastas quieren crear y el público quiere ver imágenes mientras suena música. Pero eso es deseo de energizar el cuerpo, no de afinar los sentidos. El arte en movimiento que quiere llegar a través de los sentidos, transmitiendo el ritmo con que ve el mundo un ser humano a otro parece no suscitar necesidad en nadie. Al escuchar música, la mente no lucha con elementos de la realidad, está escuchando una presencia humana, hay una mano en el hombro que te acompaña; la música surrealiza la experiencia en bruto que la imagen capturada por sí sola podría brindar. Uno se eleva sobre las imágenes por medio de la música.
Existe una forma preconcebida de una pieza en video contra la que nadie lucha. Cualquier persona sugiere que lleve música. Ha habido un par de ocasiones en que llega alguien a mi cuarto de edición y les muestro un trabajo que no lleva sonido, en el que trabajé algo de tiempo para crear una pieza visual en movimiento, con variaciones de ritmo, etc., y al terminar me preguntan ¿no va a llevar música? Cuando les digo que no, me han llegado a decir, Es que yo casi escuchaba el ritmo que tendría que llevar la música. Nunca preguntan siquiera ¿qué querías lograr haciéndolo sin música? Nunca se cuestionan siquiera por qué sintieron esa música en su cabeza. Todos están convencidos de que si son imágenes sin narración, tienen que llevar música.